Lo suyo es la serenidad, cuando las sombras de la tarde se prolongan tanto sobre la planicie que se encumbran con la noche, enmudeciendo caminos donde la claridad ha sido impelida al abismo y quebrada como una piedra se lanza sobre otra piedra.  Es el momento en el que el cálido pecho del pájaro deja de tañer y se convierte en umbría feliz de atrio su canto, mientras la luz vespertina en el aire se deshace miga a miga en un halo fugaz de temprana noche que se abalanza.

Como si los pájaros sostuvieran el ingrávido cielo en sus alas, y quedase entreabierta la posibilidad de que mis ojos, miradores caducos, escapasen en el vuelo de la tarde, en su crepúsculo descosido y roto como una carne, y no volviesen esos ojos a mirar hacia atrás buscando el consuelo de lo que dejan, sino que se perdieran en el infinito, labrado de olvido y de la misma inocencia indolente que tienen las nubes movidas por el aire.  Traza, así, la tarde su linde, su tejado de breve luz y silencio, monaguillo de misa a las ocho, y las aves conducen al final de la única verdad.

La noche hinca sus raíces en el resuello del ocaso, árbol frondosamente oscuro, sin rellano de luz, sin claros del bosque.

Hay algo de juventud  no retornable en todo esto, una idea poco afortunada de que la noche entierra la existencia y de que el viento duerme como si fuera un cadáver en el huerto de los tejados.

 

Texto y Foto: José Luis Navarro Vallejo (@sesgo)

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