Garcilaso de la Vega

Cae con plomo sanguinolento la tarde;  el cielo se detiene en la estación roja, sus paredes parecen la vena rota de un animal en el estertor de una muerte salvaje.  La playa se cerca de un oscuro turbante que predice la noche, sombra de cuerpo que duerme la siesta;  los bañistas obedecen a la luz que recorre el agua del mar como un cristal que se rompe.  Cada destello de luz es una bandeja afilada de silencio, donde comulga el aire que se arrodilla en la tarde como un venado después de huir de una flecha certera de destinos.  Inconmensurable sensación de agosto que se va por las rendijas de la respiración.  Uno quisiera olvidar la costumbre inmutable de la mudanza, olvidar la consistencia que la gramática dicta, regresar al silencio subterráneo de la naturaleza donde la única reflexión sea la luz cuando entra y sale por las comisuras del horizonte.  Todos los pensamientos traen la lejanía del punto de origen.  Si aquella infancia de no entender se hubiera prolongado como las sombras de los bañistas sobre la arena amedrentada por las aguas, si el desconocimiento me hubiese retenido envuelto en el cielo azul, apretado a la inocencia de sentir el mar en la carne, sereno y aislado de todo presagio,  no existiría el viento helado ni la rosa marchita.

Texto y Foto: José Luis Navarro Vallejo (@sesgo)

 

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