Caía la luz como cortina satinada tras los pinos y frondosos eucaliptos, que a contraluz se erguían como gigantes en la espesura de la tarde.  Una tarde de otoño donde las sombras se adentran con la sinuosidad de las serpientes, amamantando luces y deshaciéndolas, dejando claridades de distintos tonos que visten la pinada de orfandad.  Cuando ya los días han dejado de ser el sustento del cereal y la uva, acortan las jornadas con el propósito, de alargando el otoño, aproximarse a la cima del invierno y llenar de vientos y frío las estancias donde mis ojos se recrean y los espejos de las fuentes reflejan el breve cielo y las aves en su vuelo hacia el sur.   Las ramas dejan caer sus hojas y tú, como una hoja más desprendida del árbol que la sujetaba, paseas envuelta de aire, empujada casi hojarasca que se llena de sombras y luminosidades.  Uniendo la tierra y el cielo estás tú, vagas como un espíritu por la región indescifrable y no puedo huir de este momento en esta alegría tan vulnerable que se hace y deshace como los días.  Ato mis sentidos a tu presencia, y me pregunto por la duración del momento, de este sentimiento aferrado al instante que es isla o nube pasajera en el esplendente azul.  Sumerjo la mirada en el río helado para detener la pasión que arde como sol en la cima del mediodía y así sustentarla más tiempo, para que las estaciones diriman la sustancia de sus horas y el tiempo sea columpio sobre océanos nocturnos que habitan la luz como el beso ama la carne deseada.  Gotea la noche y desapareces igual que el silbido del viento entre ramajes y dunas;  huele tu ausencia a charco nublado y, en la espera de que nuevamente aparezcas, se suceden, frías e indolentes, las campanas que se hunden en el mar de las últimas horas.

 

Texto y Foto: José Luis Navarro Vallejo (@sesgo)

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