Como una bandera izada en las ramas de un soneto, se meneaba la falda de aquella preciosa mujer recién entrada en los treinta. Ella sintió mi mirada indiscreta, giró la cabeza, y me reprendí mirando al suelo. ¿Pero cómo podría dejar de ver aquel vaivén hipnótico? No soy de piedra. Decidí dejarla marchar.
Al día siguiente, la volví a ver, pero esta vez me tocaba verla de frente. La sentía llegar: llegaba a mi el golpe de sus tacones, su aroma femenino, sus curvas, y esa mirada que se cruzaba con la mía sobre una sonrisa de malos pensamientos. Bajé la mirada como un perro acobardado, pero fue ella la que quiso seguirme mirando. Con ese par de ojos marrones e intensos en los que me sumergí hasta que ella bajó su mirada, y pasó de largo.
Pasé todo el maldito día pensando en ella. Encerrado un infierno personal, soñando con hablarle, pero sintiéndome incapaz de hacerlo. “Vamos, Mike, te las apañas bien con los desconocidos, ¿por qué esta te impone tanto?”, me preguntó mi amigo Boris, el ucraniano, con su español de ejecución perfecta y acento macarrónico: “No lo sé, Boris. Será su melena de leona, su mirada de vidente, sus labios perfectos y carnosos, o esa cicatriz que tiene en la cara. Pero creo que me he enamorado”.
“¡¿Enamorado?!”, gritó el ucraniano, “si ni siquiera has hablado con ella”. Me encogí de hombros, me terminé mi pinta, la pagué y me despedí de Boris.
Pasé a la misma hora por la misma calle. Bajé a una velocidad moderada, y cuando llegué al final, volví, y ella no estaba. No estaba, no había pasado como los otros días. Me fui buscándola y no la encontré, justo cuando por fin me había decidido a hablarle… pero ya era inútil. Sentí que había dejado pasar mi oportunidad. Me marché con rabia a mi casa, y ni por el camino pude encontrarla.
Los días siguientes continué pasando por el mismo lugar, varias veces al día, incluso, pero ella ya no estaba. Hasta ayer, que la volví a encontrar. Tenía todo preparado para hablarle e invitarla a tomar un café, continuamos caminando frente a frente, sin mantener la mirada porque los nervios nos la hacían bajar. Se aproximaba, hice el amago de girarme para hablarle, pero no se detuvo, continuó por su camino, y tras sus pasos, mis fantasías se hacían trizas como trozos de cristal que fuera pisando a su paso, sin ninguna compasión, como un corazón de cristal que cae al suelo y se convierte en pedacitos desperdigados.
Jorge Salazar – Autor de “Seis Litros de Sangre”, la trilogía de “La Ciudad de los Tullidos” y “Corruptown”
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